Pasota, Perezoso y Mordiscos son tres sabios perros. Ellos no saben que los llamamos así pero da igual. Son tres perros de tres generaciones distintas. Con toda probabilidad abuelo, padre e hija, porque Mordiscos es una hembra.


Viven en el hostel "Los Lagartos", en San Ignacio, un pequeño pueblo del alto Paráná argentino al lado de lo que queda de una reducción jesuítica, San Igancio Miní.
Cuando, arrastrando las maletas, entramos en el jardín de Los Lagartos, Mordiscos salió a nuestro encuentro haciendo lo propio de su evidente poca edad: saltar y mordisdquear agitando de forma frenética su larga cola negra. De ahí el nombre que le pusieron los niños.
Perezoso, algo mayor, tan solo alzó la cabeza para ver el motivo de esa algarabía. Siguió tumbado a la fresca sombra de los bananos haciendo gala del nombre recién adjudicado.
Pasota tardó bastante en salir a escena. Seguramente solo éramos unos turistas más averiguando el precio de la pernocta.
Cuando, arrastrando las maletas, entramos en el jardín de Los Lagartos, Mordiscos salió a nuestro encuentro haciendo lo propio de su evidente poca edad: saltar y mordisdquear agitando de forma frenética su larga cola negra. De ahí el nombre que le pusieron los niños.
Perezoso, algo mayor, tan solo alzó la cabeza para ver el motivo de esa algarabía. Siguió tumbado a la fresca sombra de los bananos haciendo gala del nombre recién adjudicado.
Pasota tardó bastante en salir a escena. Seguramente solo éramos unos turistas más averiguando el precio de la pernocta.
El primer contacto con Pasota fue a la vuelta de la visita a la reducción San Ignacio Miní. Se paseó entre nosotros con su cabeza gorda y ojos serios, a la que se le notaban las secuelas de antiguas peleas callejeras. Fruto de una de ellas era la oreja izquierda permanentemente caída. Después de olernos y mirarnos, decidió que éramos buena gente y se sentó cerca.
Al poco, empezamos a preparar la parrillada. Chorizos criollos, morcillas y chuletones de novillo empezaron a desgrasarse en las ascuas de carbón.
A Mordiscos hubo que echarle varias veces, no paraba de olfatear y corretear cerca de la parrilla. Perezoso deambulaba cerca y Pasota miraba desde la lejanía, inmune a los olores que inundaban el chamizo. De fondo los gritos casi ininteligibles e histéricos de los asistentes a una celebración de alguna de las sectas cristianas habituales en la zona: mmmmmm....Aleluya¡¡¡
Ya todos a la mesa degustando las carnes y una botela de Valmont, uno de los mejores vinos hasta ahora, éramos acompañados por los simpáticos canes. A Mordiscos había que espantarlo cada dos por tres, Perezoso se acostó en uno de los extremos de la mesa y Pasota eligió el extremo opuesto para sentarse. Allí permaneció durante toda la cena hierático y con esos ojos de mirada sabia y profunda que piden comida sin mover un músculo de la cara. Sin molestar.
Los tres comieron y Pasota se retiró cuando fue consciente que la cena había finalizado. No así Mordiscos que seguía olfateando todo lo podía.
La mañana apareció lluviosa y fresca. Nada más salir del cuarto de dormir, los tres perros vinieron a saludar fieles a sus nuevos nombres.


Ya todos a la mesa degustando las carnes y una botela de Valmont, uno de los mejores vinos hasta ahora, éramos acompañados por los simpáticos canes. A Mordiscos había que espantarlo cada dos por tres, Perezoso se acostó en uno de los extremos de la mesa y Pasota eligió el extremo opuesto para sentarse. Allí permaneció durante toda la cena hierático y con esos ojos de mirada sabia y profunda que piden comida sin mover un músculo de la cara. Sin molestar.
Los tres comieron y Pasota se retiró cuando fue consciente que la cena había finalizado. No así Mordiscos que seguía olfateando todo lo podía.
La mañana apareció lluviosa y fresca. Nada más salir del cuarto de dormir, los tres perros vinieron a saludar fieles a sus nuevos nombres.
Tras el desayuno, preparamos las maletas para tomar un ómnibus hacia Posadas.
Arrastrando las maletas salimos de "Los Lagartos" y los tres perros nos siguieron. Al momento de poner una pata en la calle comenzó un recital de amenazantes ladridos. Cada casa tiene uno o más perros que hacen lo propio, defender su territorio.
Al primer ladrido, Mordiscos se metió en su hostel. No volvimos a verla.
Pasota y Perezoso nos acompañaban mirando desafiantes al resto de los perros enjaulados en sus casas. Corretearon a nuestro alrededor hasta que, al llegar a una cuadra que era un solar, se alejaron tomando en diagonal por el solar. En mitad del mismo se pararon a mirarnos en lo que interpretamos como una despedida.
LLegamos a la parada del ómnibus y allí estaban esperando. Simplemente sabían a dónde íbamos y se limitaron a coger por camino más corto. Desde el ómnibus los vimos sentados y mirándonos fijamente.
Arrastrando las maletas salimos de "Los Lagartos" y los tres perros nos siguieron. Al momento de poner una pata en la calle comenzó un recital de amenazantes ladridos. Cada casa tiene uno o más perros que hacen lo propio, defender su territorio.
Al primer ladrido, Mordiscos se metió en su hostel. No volvimos a verla.
Pasota y Perezoso nos acompañaban mirando desafiantes al resto de los perros enjaulados en sus casas. Corretearon a nuestro alrededor hasta que, al llegar a una cuadra que era un solar, se alejaron tomando en diagonal por el solar. En mitad del mismo se pararon a mirarnos en lo que interpretamos como una despedida.
LLegamos a la parada del ómnibus y allí estaban esperando. Simplemente sabían a dónde íbamos y se limitaron a coger por camino más corto. Desde el ómnibus los vimos sentados y mirándonos fijamente.